Radio Inedita

Privilegios vs Derechos

Yo vivo bien. Soy privilegiada.

 

El jueves pasado mencioné lo que hacen todos los miércoles los jubilados: 2 comidas al día piden. Piden no tener que elegir entre pagar el alquiler o comprar los medicamentos que les dan una calidad de vida digna. Por eso les digo: soy privilegiada.
No tengo un laburo fijo pero mañana nada me va a impedir celebrar el primero de mayo. Por el momento voy juntando un poquito de cada lado para darme gustitos como comprarme una camperita para el invierno. A los gustos hay que dárselos en vida pensé el sábado cuando en la feria me enamoré de la campera con la que pienso afrontar el frío crudo de las sierras.
Cuando llegue a casa me espera un plato de comida caliente. Mi mamá, jubilada también, me mima un montón todavía. Vivo con ella. Qué se le va a hacer… con las changuitas que hago no me alcanza para el alquiler. Pero es un privilegio.

Nos turnamos para cocinar. Abrimos la heladera y algo inventamos. Si algo nos falta vamos a la esquina a comprarlo. El ritual se repite, generalmente, dos veces al día: una al mediodía y otra a la noche. Digo generalmente porque a veces, de una sola tirada, hacemos el almuerzo y la cena. Ambas somos de buen comer y eso del “tecito y a la cama” nunca logró convencer a nuestros estómagos. Que loco, pienso. Que loco que haya gente para la cual esa frase no sea una elección. Soy privilegiada.
La palabra privilegio proviene del latín privilegium, que significa «ley privada». Mi enemiga íntima, la RAE dice que el privilegio es la “ventaja exclusiva o especial que goza alguien por determinada circunstancia propia.”. Así lo siento, así lo creo. Gozo del privilegio de haber nacido en donde nací. Mamé desde siempre la libertad y nunca me faltó un plato de comida. “Sos privilegiada, nena. Hay chicos que no tienen qué comer”, me decían mis hermanas cuando era chica y no quería comer polenta. Yo, en mi embole supremo, me preguntaba por qué sus mamás o hermanas no les cocinaban algo. Será que nací con ideas locas, loquísimas, como los derechos humanos instalados en mi naturaleza. De más grande, como todxs, la vida me llevó a olvidarme de lo que me corresponde por el hecho de existir.

Googleo derechos humanos y me aparece la página de la fundación Manos Unidas. Lo primero que dice, bien grande, es que “Los derechos humanos no son un privilegio”. Reviso cuáles, por las dudas, son estos derechos universales. El derecho a la alimentación resulta ser uno, a la vivienda digna resulta ser otro, a la vestimenta otro. Lo que normalmente nombro privilegio es mi derecho. Es mi derecho y el de todos. No entiendo.
Se me cruzan estos dos conceptos y no logro comprender en qué momento aprendimos que tener qué comer, qué vestir y en dónde vivir es un privilegio. ¿Cómo hizo esta idea para llegar tan lejos?, si yo recuerdo casi nítida esa clase en la escuela. Si en el manual, no recuerdo si era el puerto de palos o el estrada, había fotos de gente de todas las edades, de todas las etnias. Tenían caras felices, todos estaban contentos. ¿Eran gente privilegiada?

¿En qué momento, me pregunto, normalizamos que nuestros jubilados se vayan a dormir con un tecito en la panza cada noche? ¿En qué momento asociamos directamente a las regiones más pobres de nuestro país con desnutrición infantil? La amenaza de las madres y hermanas seguirá siendo la misma cada vez que un niño o niña no quiera comer su plato de polenta. “Hay chicos que no tienen para comer”. Y no hace falta irse siquiera a otra provincia. Basta con ir a presenciar la cara de satisfacción de muchos a la salida del PaiCor de las escuelas de la zona habiendo engullido el plato de comida que hará de estufa en el centro de su cuerpo hasta el día siguiente. Basta con ver los cachetes paspados de frío de la nena que va todos los días al colegio con la misma campera que sabés que no es suficiente. Basta con hacer la fila en la verdulería y ver cómo la señora, con la tarjeta del banco nación en mano, hace cuentas con sus dedos y elige llevar la banana y no la zanahoria en el día 20 del mes. Mientras tanto yo, una jóven docente aún desempleada que con changas se gana la vida, tengo unos minutos de radio para contarles la diferencia entre derechos y privilegios.

Todo indica que soy privilegiada.

Por Candelaria Murúa– Aquí & Ahora

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